Reseña de Flow (2024)

Flow (originalmente Straume) es la película letona que ganó el domingo pasado el Oscar a Mejor Película Animada. Su producción costó tres millones y medio de euros. No tiene ninguna línea de diálogo, ni aparece en ella ningún ser humano. Fue hecha en Blender, un software gratuito. Su aspecto recuerda a videojuegos de generaciones tecnológicas pasadas. En todo sentido, la película rezuma independencia artística. Es fácil encariñarse con ella, incluso en su primera escena. Incluso antes de verla. 

Puede pensarse mientras la vemos que los protagonistas animales tienen la gracia de comportarse como sus respectivas especies, en vez de como personas, que es lo acostumbrado en películas animadas. Esto no es del todo cierto: aprenden a manejar un bote fácilmente, se comunican con gran efectividad; en general son un poco muy inteligentes y colaborativos. Sin duda un par de momentos inverosímiles, junto con modelos gráficos subóptimos, aunque suficientes, cuentan aquí como defectos. 

Terminando de verla, puede en cambio pensarse que el director, Zilbalodis, tuvo la gracia de reconocer el punto medio adecuado entre animalidad y personificación: un mayor realismo conseguiría un efecto probablemente más radical, pero también más frustrante e inaccesible. La hibridez psicológica que se nos presenta permite a los personajes enfrentar el caos y la desolación del ambiente con acciones lineales y positivas, es decir que la historia tiende al sentido. Esto es cierto tanto en su lectura física, pues los héroes logran desplazarse de manera intencionada en medio de una inundación, como en otra teleológica: no son meros animales tratando de sobrevivir individualmente en una situación desesperada (negación de la muerte), sino que además tienen cosas que hacer (afirmación de la Vida con mayúscula). Tienen que ayudarse entre sí, llegar a sitios específicos, cuidar objetos; encuentran el tiempo para maravillarse ante sus alrededores. Sentimos la tentación de afirmar que en este largometraje animado sin diálogos y protagonizado por un gato se resume toda la condición humana. Obviamente una gran exageración, pero no demasiado desubicada. 

Flow no solo es tierna superficialmente y encantadora por la pasión que supuso como proyecto artístico personal. Es justo decir que se siente bella y sublime, por la grandiosidad de las ballenas, por la música —compuesta en parte por el mismo Zilbalodis—, por la fuerza destructiva e inocente de la naturaleza, por el misterio en los elementos del paisaje. 

Hablé de bello y sublime, dos conceptos viejos que se arriesgan a sonar afectados, porque Flow tiene un carácter mítico premoderno. Sus escenarios evocan el diluvio bíblico e incluyen ruinas como de antiguas civilizaciones. Hay sin embargo elementos que impiden situarla en un imaginario o periodo histórico concreto. Construye una atemporalidad o ambigüedad distintivas, sugiere —pero no desarrolla— una mitología completamente original, casi onírica. 

Para terminar en un plano más inmediato de la experiencia, también diré que es una película tensa. Los personajes enfrentan todo tipo de peligros, nos preocupamos una y otra vez por ellos, y por si fuera poco son animales: nadie quiere ver morir a un gato ni a un capibara. Sin duda este componente de aventura-thriller ha sido importante para su éxito internacional, y para que siga siendo, a pesar de su tono contemplativo, sus silencios y la oscuridad de sus hechos centrales, una película entretenida —más que apta— para niños.

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