Arte gratuito

Me gusta el arte de muchas formas y visiones diferentes. No soy de esas personas que propugnan un tipo de arte particular —muchas veces considerado «nuevo»— y descarta todas los otros, acusándolos de agotados, moralmente deficientes o aburridos. No creo en los manifiestos artísticos dogmáticos. Me parece que los mejores manifiestos son una fuerza positiva mucho más que negativa, es decir que les preocupa afirmar una alternativa para la creación y no necesariamente rechazar las demás. 

Algo así quería escribir aquí: una defensa —no, mejor en términos positivos: un ataque— de lo que llamaría «arte gratuito». Con arte gratuito me refiero al que parece carecer de motivación, al que no tiene un mensaje en particular, ni puede decirse que trate un tema importante en profundidad, o retrate fielmente la realidad, denuncie o resuelva un problema, represente una voz ni nada por el estilo. Incluyo también el arte que nos afecta con independencia aparente de la representación, es decir que no se puede señalar precisamente qué parte de lo que vemos nos afecta de cierta forma, o bien por qué lo hace (con esto creo ir algo más allá de las concepciones del «arte por el arte» que se limitan a validarlo como forma de placer o entretenimiento, a menudo basados en elementos llamativos de su contenido). Por último me refiero al que sí tiene alguna de esas motivaciones, pero cuyos efectos no son proporcionales a ellas.

Aquí viene la advertencia que adelanté al inicio. No tiene nada de malo el «arte motivado», es decir el que pretende describir o mejorar nuestra sociedad, entregar aprendizajes, capturar el espíritu de la época, supeditar las emociones al contenido, etc. Al contrario: ciertamente no debe dejar de realizarse este tipo de arte, y con las mayores ambiciones posibles dentro de su línea. Lo que yo digo es más bien: tampoco tiene nada de malo —y puede ser muy bueno— el arte que se presenta como gratuito. No es necesariamente una banalidad (aunque lo sea su objeto), una pérdida de tiempo, un juego pueril, una insignificancia. A menudo adopta el aspecto o la estructura de un juego, sí, pero el juego entendido correctamente es uno de los modelos esenciales para la vida y el mundo. Es posible que trate de banalidades, pero también las banalidades nos afectan de maneras ilimitadas e interesantísimas… (por el contrario, cuando estas obras entregan explícitamente —o casi— el mensaje de que, por ejemplo, lo fundamental de la vida se oculta en los «pequeños momentos», entonces además de caer en el cliché se desvirtúan en cuanto arte gratuito). Respecto a la significancia, no es en estricto rigor necesario planificarla: abunda como los peces en el agua, o más aún, como los seres vivos en el agua. Sin embargo, también uno puede dejar la caña de lado, olvidarse de la nutrición intelectual por un par de horas y simplemente conmoverse con las ondas en el agua (me refiero a no interpretar, en la medida que sea posible).

Cuando estas obras funcionan, lo hacen doblemente. Por un lado el efecto emocional de lo experimentado en sí mismo; por otro la sorpresiva toma de consciencia de que no podemos señalar con claridad por qué lo experimentado nos afecta de tal manera, si en realidad no es nada, o nada que valga nuestra reacción. Es lo que consigue buena parte del género llamado slice of life («rebanada de vida»), es decir los relatos —ya sea en la literatura, el cine, la televisión u otro medio— que muestran la vida cotidiana de ciertos personajes sin preocuparse por introducir conflictos mayores, giros de trama, misterios y otros edulcorantes narrativos. Aunque desde luego una buena parte de estas historias también pierden su gratuidad tarde o temprano —sobre todo cerca del final—, cuando se ven impelidas a dotar el relato de un sentido particular, a menudo filosófico (como el mensaje ya mencionado acerca de los «pequeños momentos»), a veces político.

Una de las mejores películas contemporáneas, Aftersun, es en buena medida una obra maestra por la gratuidad de su afecto. Por supuesto que se trata de la depresión, sobre la mirada infantil de los padres, etc., y estos son temas importantes y generadores de empatía. Pero la negativa de la película a elucidar el motivo de la depresión del personaje central, Calum, implica que el estado de ánimo preponderante carece en último término de motivación. Es una tristeza abstracta, general, inmerecida en un sentido metanarrativo, pues Charlotte Wells se niega a explicarle a la audiencia por qué Calum se siente como se siente, y en consecuencia por qué nosotros deberíamos sentirnos exactamente como nos sentimos. De tal manera la empatía del espectador adquiere el cariz de un oscuro encantamiento: lo siento fuertemente, pero no lo comprendo. Por el contrario, si entremedio viéramos flashbacks sobre la ruptura de un matrimonio o el origen de una represión psicológica, qué ordinario y reducido se vería el escenario en comparación al producto final. Desde luego una ficción como Aftersun corre el riesgo de sentirse genérica y floja, como si su creadora se propusiera transmitir un sentimiento, pero no tuviera la imaginación o la experiencia vivida para idear una historia que lo canalice. En efecto, Wells dobló la apuesta y consiguió el premio mayor: el efecto junto con la confusión o la incertidumbre, la pena intensa que no se resuelve ni en su comienzo ni en su final. 

Muchas de las ficciones que la gente llama «manipuladoras» son todo lo contrario a gratuitas: por lo general abusan de la representación para provocar una obvia respuesta emocional por parte del receptor. ¡Por supuesto que me voy a sentir mal, si están pegándole a un perro! Mi reacción no significa necesariamente que la obra sea triste en cuanto tal; simplemente me muestra algo que es triste en la realidad, y por tanto me siento mal en la medida que se mantiene la ilusión de que veo algo real. En otras palabras, la emoción es motivada por un factor externo —mi simpatía general por los perros— y no interno (ni mucho menos inefable), es decir el tratamiento estético y particular que da la historia a sus acontecimientos. Esto último implica que tampoco, desde luego, hay nada malo en representar desgracias; pero convendremos en que una historia debe ganarse —es decir explorar de alguna manera— los hechos representados, si espera que conformen el núcleo de nuestra respuesta afectiva.

Siguiendo un criterio temático, podría calificarse a un libro como Alicia en el país de las maravillas de arte gratuito, dado que es difícil señalar cuáles son los temas importantes de los que trata realmente. No es gratuito, en cambio, en el sentido de que contiene multitud de hechos y personajes maravillosos, y por lo tanto nuestro sentimiento de maravilla se ve de sobra motivado. Algo parecido podría decirse, en el contexto chileno, de los libros de Juan Emar: por un lado sinsentidos o estupideces, pero por otro lado creaciones inauditas sembradas de razonamientos ingeniosos. 

En cierto sentido, la música instrumental es el modelo supremo de arte gratuito, pues ejerce un efecto sobre nosotros sin que podamos vincularlo a una motivación inteligible particular (con la reserva de que mucha de esta música va anclada externamente a ciertas ocasiones sociales o religiosas, o a conceptos de toda índole), es decir que parece magia: un enigma de la acción y reacción humanas. El criterio de la «gratuidad» de la que es capaz un medio artístico me parece por cierto verosímil para hacer una jerarquía de las artes —si uno tuviera la obligación o el capricho de hacerla—, y yo mismo colocaría a la música por sobre las demás, al menos en gran parte por esta razón. 

¿Por qué es importante defender, o más bien atacar junto a, el arte gratuito? Porque es el que mejor realza el valor de la obra de arte como experiencia en sí misma, y no como vehículo para la transmisión de un mensaje o representación de una realidad, ya sea individual o colectiva. Incontables obras mediocres ascienden a la notoriedad solo debido a su «importancia»: porque «tienen algo que decir», porque identifican a muchas personas o encapsulan el zeitgeist. No digo que este error de la crítica sea exclusivo o siquiera particularmente característico de nuestro tiempo; tampoco estoy muy capacitado para hacer ese tipo de comparaciones. Lo claro, en todo caso, es que la visión retrospectiva sobre las obras del pasado tiende a conferirnos un juicio estético más lúcido, es decir uno que sopesa si la experiencia de la obra mantiene un vigor propio, o si en cambio el autor o la autora meramente nos comunicaba cosas y nos mostraba sucesos efectistas… 

Cuando una obra de arte gratuita triunfa, es por lo general a pesar de —y no gracias a— su gratuidad. La gente se ve en la necesidad de justificar su relevancia con recurso a sobreinterpretaciones, miradas alegóricas, investigaciones biográficas que iluminen el significado de la obra: «como ven, de eso se trataba en realidad»1. Muchos autores difíciles y en alguna medida gratuitos han sufrido este destino —piénsese en Kafka—, porque los entendidos consideran que es la mejor vía para acentuar su valor en la sociedad (y se trata, bien mirado, de un valor que se obtiene mediante la lectura de la crítica más que leyendo los libros en sí mismos). Calificar una obra de «gratuita» implica por un lado que experimentarla de primera mano es fundamental e irremplazable, y por otro lado —para alivio de los hedonistas— que no hace falta nada más que experimentarla. 



Notas

1. Véase, a este respecto, Contra la interpretación de Susan Sontag.