La mejor película de Quentin Tarantino

Acabo de ver Kill Bill: The Whole Bloody Affair, película de Quentin Tarantino que recopila con cambios y agregados los dos largometrajes salidos hace aproximadamente veinte años, por separado, con los títulos de Kill Bill: Vol. 1 y Kill Bill: Vol. 2. Los había visto una vez cada uno, hace tal vez ocho años, y me gustaron bastante sin que llegara a ponerlos entre lo mejor de su director. Por el tiempo transcurrido, no puedo decir exactamente qué añade este nueva versión de cuatro horas y media o qué ha sido alterado, aunque sí me di cuenta de que la secuencia de anime es ahora más larga, así como la conversación final entre la heroína y el renombrado Bill.

Tengo claro que este visionado renovó mi reacción a la película, pero no se debe tanto a sus cambios como a los cambios en mí. Ahora que he visto harto cine de acción (en su mayoría mucho más aburrido y convencional) y desarrollado —creo— un poco mi sentido moral o intelectual con relación al arte, me doy plena cuenta por un lado de la gran superioridad estética de Kill Bill dentro de su género, y por otro de su empeño en definirse estéticamente más que de cualquier otra manera. Hay aquí tal sobreabundancia de estilo que resulta muy difícíl acabar de apreciar la película o de identificar sus inspiraciones (o robos, si se quiere).

Solo mencionaré algunos de los componentes más memorables para disfrutar al verla por primera o repetida vez. Está el icónico traje amarillo intenso de Beatrix, ya sea en la presentación íntegra de motoquera o en su modo de batalla, cuando parece una extensión bizarra de la piel de Uma Thurman; o bien el abrigo blanco de Elle, con los botones y el cinturón dibujados, y su negro parche maligno. En Pai Mei, su aspecto general, sus modales y movimientos, la risa y por sobre todo el gesto de empujar su barba hacia un lado cuando algo le complace. La sangre que nunca se limita a gotear sobre las superficies, sino que es irrigada a gran altura y en amplio radio como por una fuerza incontenible. La división en capítulos, cada uno con su propia personalidad.  El uso de film, de blanco y negro, de filtros especiales para flashbacks, de siluetas negras sobre un fondo azul, de una secuencia animada idiosincrática incluso si la consideramos dentro de su propio medio. El hecho de que los combatientes ejecuten elegantes volteretas hacia delante o atrás, y en ocasiones hasta parezcan dar un solo salto extraordinario, subir una escalera invisible o derechamente volar para alcanzar un segundo piso. Los zooms y primerísimos primeros planos sobre la palma de una mano, los dedos de un pie o los ojos determinados de los personajes. Los planos divididos, o aquellos que siguen el movimiento aéreo de una extremidad en la trayectoria de su ataque, de un modo tan inverosímil como gracioso. La alerta sonora que suena en la cabeza de Beatrix cada vez que se encuentra con alguno de sus enemigos, acompañada por rojizas imágenes del pasado que se sobreponen a la escena y nos explican en segundos todo lo que necesitamos saber. La parsimonia con que, por otro lado, la película se toma pausas incluso en momentos críticos para mostrar el origen de una técnica o relación interpersonal. La decisión de no revelar el rostro de Bill o el nombre de Beatrix Kiddo (censurado audiblemente) durante el primer volumen. Ese impulso inexplicable con que Beatrix atraviesa verticalmente metros de tierra, como envuelta en una burbuja de aire y apoyándose en otra escalera invisible. Los codenames como Black Mamba o California Mountain Snake, o el escuadrón mafioso llamado Crazy 88 (que no está conformado por 88 miembros). Me entienden; la lista continúa. 

No es solo que sea un filme de acción sin pretensiones de realismo; así los hay muchos. Pero ninguno de los que yo he visto parece complacerse tanto con su irrealismo, exagerarlo hasta tal grado, y al mismo tiempo mantener una sensación de control y maestría sobre todos los aspectos técnicos de la realización cinematográfica. 

Me sorprende lo mucho que me divierto con personajes claramente estereotípicos, y en particular los de origen asiático. En algún momento pensé: quizá soy básico después de todo. Pero prefiero considerarlo una de las muchas demostraciones de que el estereotipo, bien tratado, da frutos de calidad. Algo tiene que ver con la sensación de que el director los conoce muy a fondo, de que hay una familiaridad demasiado evidente con las fuentes primarias, con los clásicos «menores» (por decirlo de alguna manera) del cine de acción japonés y chino, con todo tipo de ficciones basadas en las artes marciales, el exploitation, producciones norteamericanas, italianas o mexicanas de diversos subgéneros del western, etc. Además tenemos la colorida variedad de escenarios, los diálogos gustosamente subtitulados («Las tipografías en Tarantino») para que oigamos los idiomas que corresponden, las actuaciones entusiastas y rítmicas de parte de todo el mundo, la música dramática y melodramática, ridícula, exagerada y siempre excelente. 

Ni siquiera puede decirse, como en el caso de la saga John Wick, que uno conoce las limitaciones narrativas de la película, que la vemos principalmente por la coreografía de las peleas, los escenarios y la fotografía, mientras que los intersticios argumentales sirven de descanso, o para crear una ligera ilusión de drama humano. No, no es el caso: todo es cuidado y deliberado, nada es relleno (al menos en un sentido general), nada está puramente al servicio de un aspecto particular en la película. La historia es buena, los diálogos son buenos, si aceptamos criterios ajenos a la seriedad y la profundidad (se trata de uno de los grandes directores superficiales). El guion a menudo se regocija con un tono deliberadamente camp, alusiones a la reputación de los contrincantes u otros agentes (la admiración con que se pronuncia el nombre de Hattori Hanzo), solemnidades sobreactuadas y el vocativo bitch; todo esto es importante para que Kill Bill se sienta como se siente, para que nos entretenga de un modo coherente y mantenga nuestra disposición a la risa, sin excluir tampoco la posibilidad de que nos indignemos o apenemos sinceramente. 

¿Eso es todo? ¿Qué quiere decir la película? Una lectura que se me ocurre —aunque desde luego no debe ser original— es que el título y tema de la película es tanto literal como figurativo, o sea que la historia se trata de matar a Bill, pero también de acabar con lo que Bill representa: es decir el ciclo de pasiones desenfrenadas, de matanza y venganza que se presenta en una de las primeras escenas como alternativa futura para la hija de Vernita Green, la niña pequeña que presencia el asesinato de su madre por parte de la protagonista. El villano explicita este conflicto interno cuando, en la conversación final, insiste en que Beatrix nació como asesina y está destinada a serlo por el resto de su vida, con un determinismo que evidencia el ansia de control más íntimo al que aspiran personajes maligno-paternales como el suyo. 

Paradójicamente, matar a la idea de Bill habría implicado rechazar la idea de venganza desde el momento en que salió del coma; con solo buscar al resto de las víboras y a Bill para matarlos, le da la razón al objeto de su odio: sigue siendo una asesina (pero de inmediato este tipo de crítica moral suena fastidioso en relación a Kill Bill). Inversamente, la única vía realista para que Beatrix supere la mentalidad de venganza es consumándola: una vez que termine con sus asuntos pendientes puede —en teoría— abandonar de una vez por todas el camino sangriento y dedicarse a criar a su hija y asumir la normalidad. Entonces podría demostrarle a Bill que su juicio fue equivocado, nada más que una imposición manipuladora, que no necesita odiar para hallarle sentido a la vida; pero por supuesto, para entonces Bill estará más que muerto. 

La película termina en una especie de anti-clímax coherente con esta lectura: Beatrix vence a Bill en la pelea más breve que haya tenido con cualquiera de los villanos principales, usando una técnica sofisticadísima de combate mano a mano que él nunca pudo conocer, con un efecto comparativamente pacífico y exento de sangre. Es como si le dijera: yo a ti puedo matarte de esta forma limpia, artística y misericordiosa; tú no podrías, porque eres mucho menos civilizado; es cierto que debo matar, pero será por última vez y será elegante. Es un alivio, en todo caso, que no se dedique demasiado tiempo a la reflexión acerca del ciclo de la violencia y cuestiones por el estilo; el guion se traicionaría a sí mismo y por fin correría el riesgo de aburrirnos. ¿Prepondera, en cambio, la glorificación de todas estas cosas altamente cuestionables, de la sangre copiosa y las patadas voladoras? Corresponde ser honesto y decir que sí, y buscar los cuestionamientos en otra parte. 

Pero esto no importa mucho. Vean Kill Bill, la mejor película de Quentin Tarantino.